Por mucho tiempo durmieron los muertos en sus tumbas solitarias, cubiertas por la yerba del campo y el olvido de los hombres. Faltas de riego, las flores que sobre ellas habían plantado manos generosas yacían marchitas, como si la muerte, celosa de la austeridad de su santuario, las hubiese también tocado con su hálito de hielo para destruir la última sonrisa de la vida. Las cruces azotadas por el viente, mutiladas por la lluvia se deshacían en menudos fragmentos, símbolo de las creencias abandonadas; y hasta los nombres grabados en mármol resplandeciente o en humilde leño, desaparecían borrados por la intemperie para que no quedase ni el más leve testimonio de que aquellas cenizas habían tenido una existencia anterior.
De cuando en cuando alguna golondrina, huyendo de la tempestad que no respetó su nido, venía a reconstruirlo entre dos piedras de los derruidos monumentos. Su alegre cuchicheo resonaba entonces en el fúnebre recinto con voz de esperanza en el alma abatida de por el dolor. La brisa perezosa lo recogía un instante; pero a poco lo dejaba morir porque ya no sabía como en otro tiempo transportar por el espacio las armonías fecundas del amor y de la gloria; y el ave, arrojada de su pajizo albergue por el frío de los sepulcros, se iba llena de congoja en busca de un rayo de sol para calentarse las alas.
Con frecuencia los cuervos, acosados por el hambre, llegaban en bandadas siniestras a escarbar el césped de las tumbas. En las vastas regiones por donde al pasar habían proyectado sus sombras no quedaban ya cadáveres que devorar. El festón de los antiguos campos de batalla se había agotado. Apenas se veían hacinamientos de huesos, próximos a a disolverse en el aire, a cuyo soplo se disiparon también el humo de los cañones y los gemidos de las victimas. Ni un solo grito de cólera, ni la más ligera emanación de sangre delataba la existencia de los hombres ¿se habrían tornado mansos y buenos de repente?
!Oh paz silenciosa y llena de terrores! En vano removían los cuervos el césped del cementerio con sus garras y sus picos nauseabundos. Sólo hallaban objetos extraños pertenecientes a una raza ya extinguida; Las cuerdas rotas de una lira de oro vibrante todavía con los sueños y las visiones del poeta; el mango de alguna espada enmohecida donde el guerrero dejara impresa su mano enérgica al blandirla contra el pecho de los perversos; la cabeza de una estatua, imagen de la beldad infortunada, cuyas líneas parecían animarse al contacto inesperado de la luz. !Y a cada fragmento que, ultrajado por la humedad de la tierra, decuvrían sus garras innobles, lanzaban los cuervos un graznido estridente que se extendía de eco en eco por los ámbitos del cementerio...!
Al cabo, fatigados de la estéril faena, los huéspedes sombríos abandonaban como la golondrina el reino de la muerte, tendiendo el vuelo hacia el punto más oscuro del horizonte, sin otro guía que el de su instinto carnicero.
!Al! la mansión de la suprema quietud no podía ofrecer asilo ni a la inocencia combatida para seguir acariciando sus sueños, ni a la pasión insana para satisfacer sus apetitos.
II
No lejos del cementerio, y compitiendo con él en soledad y silencio, se alzaba la ciudad de los vivos. Espesas y altísimas murallas la aislaban del resto del mundo. La luz del sol apenas lograba penetrar en ella furtivamente. Los habitantes, pálidos y tristes, se movían en su recinto como espectros fantásticos, como espíritu confinados en un nimbo remoto de donde no habían de salir nunca para asumir las formas reales de la vida. En sus miradas melancólicas se teñía de cuando en cuando la llama moribunda de un deseo no satisfecho. Gemidos imperceptibles, suspiros apagados eran toda la expresión del dolor trágico que minaba sus corazones, porque hacía mucho tiempo que habían perdido la energía necesaria para la queja airada y el grito de rebeldía contra el destino. Privados del espectáculo del cielo, inclinaban las frentes a la tierra, como si en su seno hubiesen querido hundirlas para siempre y libertarse así del peso insoportable del pensamiento.
Uno solo entre ellos conservaba el privilegio de la palabra: era un ser de alma extraña a quien un largo consorcio con el crimen había arrebatado la razón. La oscuridad insondable que reinaba en su cerebro aparecía en sus ojos extraviados por donde pasaban en procesión luctuuosa cuantas imágenes puede engendrar el remordimiento. Veíasele a solas luchando con la noche de su alma, levantar los puños amenazantes al cielo o hundirse las uñas en el cráneo, ansioso de que en él penetrase un rayo de luz a disipar la orgía de los recuerdos. La sangre brotaba entonces a torrentes, y rodando por sus pómulos hundidos, llegaba a los labios que se abrían para beberla con voluptuosidad malsana. Cada gota de aquel licor envenenado quemaba sus fauces y aumentaba la intensidad de su delirio. Su pecho se agitaba en convulsión horrible como si a cada instante viniesen a clavarse en él mil dardos emponzoñados. La palabra, el grito agudo, estimulados por el dolor, salían de sus labios como llamas y vibraban en el aire como un azote formidable.
Los que en muda peregrinación marchaban detrás de él no osaban acercársele: el estruendo de sus voces incoherentes habría bastado para postrarlos en tierra. ?Qué mucho, i las madres sobrecogidas de espanto al sentir aquella voz tronando sobre los muros de la ciudad corrían en busca de sus pequeñuelos a formarles con sus brazos un escudo contra el peligro? Así pasaban horas enteras estrechando en su regazo los débiles criaturas y calmándolas con besos de angustia humedecidos por las lágrimas.
Poco a poco se disipaba el eco de la voz pavorosa. El culpado rodaba por el suelo, bañado el rostro en su propia sangre, crispadas las manos por el último estertor, levantados en punta los escasos cabellos no arrancados todavía por el vicio. Una baba verdosa salpicada de manchas cárdenas y amarillas, manaba de su boca. Sus secuaces impasibles venían a forma círculo en torno suyo. Mas ¿cuál de ellos se habría atrevido a levantarlo? Alguno con mano nerviosa y respirando apenas acariciaba en secreto su puñal, pero al tender la vista sobre sus compañeros no hallaba en ninguna parte una mirada de connivencia. El miedo había disciplinado todas las almas y comunicado a todos los rostros la rigidez de la piedra.
De pronto el monstruo e erguía con renovado vigor lanzando una carcajada fatídica. Era la señal, bien conocida de sus esclavos de que, pasada la convulsión, el apetito hacía estragos en su vientre. Al punto las galerías de su palacio se aderezaban para el festín, las mesas de mármol y marfil se lavantaban en fila interminable cubiertas de manjares regalados, las ánforas de oro despedían entre nubes de espuma el aroma embriagador del vino. Solo faltaban las flores, que no podían vivir en aquella atmósfera caliginosa; pero en cambio la flor humana, nacida para el deleite bajo el ala del amor sensual, abría allí sus pétalos y disolvía en el ambiente el principio de los deseos frenéticos. Venidas de razas diferentes, pero agitadas de un mismo espasmo, las variedades todas de la hermosura femenil exhibían en derredor de las mesas la carne palpitante al través de las ondas de gasa y tul. La luz besaba todos aquellos senos de rosa y jugaba por entre las negras pestañas, prestando a los ojos misteriosas lejanías.
Detrás de ellas, de pie, inmóviles y envueltos en inmensas capas negras, aparecían los cortesanos, la mirada fija en su señor, que devoraba desordenadamente con dientes y manos las viandas perfumadas y derramaba sobre su cabeza el líquido de las ánforas. A un gesto suyo se descorrían las cortinas de los balcones, y una lúgubre y desgarradora armonía., salida de todos los puntos de la ciudad penetraba en el salón. Eran los alaridos de la población hambrienta, las maldiciones de las madres enloquecidas al ver expirar sobre su seno exhausto los frutos de un amor lleno de tristezas; los ladridos de perros vagabundos disputándose en medio de las sombras nocturnas un hueso descarnado.
Todos esos rumores llenaban al monstruo de alegría. Antojábanse acordes de arpas y violas amorosas tañídas por manos celestes para celebrar su apoteosis; y saliendo sobre las mesas comenzaba una danza diabólica llena de figuras obscenas y de contorsiones fantásticas, hasta que el vértido le hacía caer inanimado entre los restos del festín.
III
Una noche en que completamente bendo y desnudo danzaba al compás de los gemidos de sus víctimas con faz descompuesta y gritos delirantes, oyóse a lo lejos un ruido tremendo, semejante al que pudieran forma los cascos de mil caballos salvajes galopando en la llanura. El monstruo se detuvo como si por su conciencia gubiese cruzado un destello luminoso; pero al punto se lanzó con nuevo aturdimiento en el torbellino del baile, sin sentir que el terrible zumbido iba acercándose cada vez más intenso, y remedaba ya la voz del océano fustigado por la tempestad, ya el sordo bramar de un volcán en erupción, y el rodar de un astro que ha perdido el equilibrio y cae reducido a avesas en un sol incadescente.
Las lámparas colgadas del techo empezaron a vibrar como las hojas de un árbol al soplo de la brisa; los vasos de cristal esparcidos sobre las mesas se entrechocaron como movidos por las manos de otros tantos bebedores invisibles; el palacio entero crujió estremecido por fuerzas sobrehumanas. La tierra se inclinaba con movimientos ondulatorios como las aguas del mar hinchadas por el viento, y sobre ella los objetos bajaban y subían como frágiles barcas abandonadas lejos de la playa.
El monstruo y sus cortesanos se precipitaron despavoridos por todas las puertas en el momento en que el palacio se desplomaba.
Una hora después la luna, levantándose como un inmenso globo de fuego sobre las cumbres de la montaña vecina, iluminaba con resplandores de incendio los escombros de la ciudad tendidos en el valle. Algunas sombras se agitaban sin dirección fija entre las ruinas, atraídas por los acentos lastimeros que poblaban el espacio y en que cada cual creía reconocer la voz del padre, del hijo o del hermano.
Más doliente que las otras se alzaba la queja de un hombre, cuyas piernas aparecían cogidas por dos moles inmensas, pero cuyo cuerpo intacto se debatía con desesperación, mientras su lengua, entorpecida por el terror, pronunciaba alternativamente palabras de blasfemia y de arrepentimiento. Su diestra apretaba vigorosamente una copa de oro, húmeda aún con el vino de la reciente orgía, y en la siniestra mano brillaba una llave, l del tesoro amasado con la sangre de varias generaciones, que él ofrecía por premio a quien le libertase del tormento. Mas en los labios del monstruo la súplica misma tenía vibraciones de odio y de amenaza, su dolor sin resignación alejaba de el todo movimiento de simpatía, su anhelo de vivir era inspirado por la visión del mal que aún en aquél instante supremo pasaba por su mente, brindándole con nuevas voluptuosidades.
Así, los que en tropel venían a contemplar su tortura, lejos de tenderle mano amiga, se complacían en escarnecerle, dominados por el recuerdo de infinitos agravios que clamaban venganza. Todos tiraron de sus barbas, todos le escupieron el rostro, ninguno quiso rematarle, para que purgase en prolongada agonía la serie de sus iniquidades.
IV
Entre tanto, la violenta sacudida de la tierra había abierto en el cementerio las puertas de los sepulcros y echado a los muertos fuera de sus sarcófagos. Los rayos de la luna, cayendo sobre los vlancos esqueletos, disiparon en sus órbitas desnudas las sombras del sueño, y el viento helado de la noche, menos frío que las tumbas, comenzó a animarlos con un débil soplo de vida. Al favor suyo todos aquellos huiesos descarnados se incorporaron lentamente, remedando las formas y os movimientos humanos. Quisieron hablar; pero la palabra no acertó a salir de sus bocas cavernosas. Quisieron orientarse en medio del paisaje que les rodeaba; peron no reconocieron en él la fisonomía de los lugares donde en otro tiempo se deslizara su existencia. Todo había cambiado. Todo ahora presentaba el aspecto de una región volcánica, bañada en tintas lívidas.
Tras largo esfuerzo el pensamiento encontró por fin la expresión olvidada, y entonces se oyó una voz que decía:
"!lLos tiempos se han cumplido! El espíritu del mal que pesaba sobre las losas de uestros sepulcros y se cernía sobre las cabezas de nuestros hijos huyó para siempre a los abismo ignorados. El soplo de las venganzas fatales lo barrió de nuestra atmósfera, y a su impulso cayó también reducida a polvo la obra de la soberbia edificada por manos mercenarias".
"Sobre sus ruinas reconstruiremos nosotros el edén de nuestros primeros amores. De nuestro prolongado ostracismo traemos la flor inmortal que crece en los jardines encantados de otros mundos. Con su aroma infundiremos nueva vida en nuestros hogares. Con su semilla fecundaremos nuestros campos, y sobre ellos y nuestras almas reinarán la alegría y la eterna juventud."
"Nosotros hemos recorrido en brazos de la muerte las bóvedas etéreas de lo infinito. En cada esfera hemos recogido una nota de la divina armonía para trasportarla a la tierra y hacerla vibrar perpetuamente sobre la cuna de nuestros hijos. Oyéndola tendrán una visión de los arcano del universo, conservarán sin mancilla el candor primitivo del pensamiento y vivirán por siempre abrazados en el amor de la verdad y la justicia".
"Éstas serán las únicas divinidades del nuevo templo en que nosotros oficiaremos como sacerdotes. A nuestro amparo crecerán las generaciones y llevarán a los últimos límites del tiempo la gloria de nuestros hombre..."
Llegaban aquí de su salmodia los espectros cuando el crepúsculo de la mañana empezó a sonreir en el horizonte. De entre las sombras fugitivas surgieron, vestidos con rayos de aurora, unos hombres lozanos y vigorosos, surcada la frente por la huella profunda de las ideas, dilatado el pecho por una respiración enérgica como la de las razas juveniles. Cada uno traía sobre sus hombros un trozo enorme de pórfido o de granito para servir a la construcción de la ciudad futura. Algunos, menos fuertes, venían cargados de ornamentos peregrinos, de flores cinceladas y figuras alegóricas para coronar los pórtocps majestuosos que ya divisaba en sueños su fantasía.
Deponiendo en tierra, no sin estrépito, la carga ponderosa se dirigieron al coro de los espectros que acababa de entonar la balada de las ambiciones póistumas, y con una mezcla de piadosa veneración y de firmeza los condujeron de nuevo al cementerio, donde los dejaron, esta vez para siempre, dormidos bajo las losas de sus tumbas. El mundo que iba a nacer estaba de antemano consagrado a la esperanza y no a los recuerdos...
Luego volvieron al valle de las ruinas, y entre cánticos de gloria comenzaron a levantar la fábrica maravillosa del porvenir, deteniéndose de vez en cuando para enjuagarse la frente y contemplar el sol que se alzaba, después de larga ausencia, sobre las cumbres azules de la montaña...
Luis López Méndez, la Balada de los Muertos
Obras Completas, Política y Literatura.
Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses
Caracas/1992

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